ChauriJorge Herrera
Jorge Herrera
26 Jul 2019

Día 16: Desde abajo…

Había salido de la universidad, la tarde estaba lluviosa y todo el ambiente me daba ganas de llegar a mi recamara, tirarme en mi cama que siempre me relajaba y ponerme a leer durante el resto del día, sin preocuparme por comer, sin preocuparme de nada. Solo estar acostada y esperar a que mi novio me hiciera cariños y tal vez un buen masaje para relajarme y disfrutar del fin de semana que estaba comenzando.

Meto mi llave a la puerta de entrada y la giré para darme cuenta de que no estaba cerrada con llave, eso era raro, debería de estar José en la casa, siempre llegaba antes que yo. No le di importancia y me metí a la casa arrojando en la sala la mochila hacia el primer sillón que se me atravesara por el camino. Solo pensaba en ponerme cómoda.

La televisión estaba prendida, se escuchaba el canal de documentales sobre animales -no entendía como le gustaban los documentales, pero bueno- le grité que ya había llegado, no recibí respuesta.

Fue hasta ese entonces en que la preocupación se hizo presente en mí, la sensación del lugar empezó a hacerse cada vez más fría. Las ventanas comenzaron a cubrirse de una escarcha que las recorría desde la orilla inferior hacia arriba, una ráfaga de viento corría desde la puerta de entrada que se abrió de un portazo hacia la planta alta.

No quería subir, todo me guiaba hacia allá, el cuerpo me temblaba. Se empezó a escuchar ruidos extraños provenientes de la televisión, no sabía que tipo de programa era, sonaba como si alguien estuviera cambiando los canales uno tras otro a una velocidad que solo sonaban fragmentos de audio de cada uno de los programas. Subí las escaleras con precaución, el aire era tan helado que hacía que la piel se me enchinara y los bellos se erizaran.

La única luz que estaba encendida venía desde la habitación donde dormíamos, la puerta del balcón que daba al patio interior golpeaba contra sí sola. Entre con cautela, me derrumbé al suelo en cuanto salí al balcón. Las lagrimas salían de mis ojos como ríos. Era él. Ahí estaba, frío, rígido, colgando. El desasosiego, el horror, la tristeza profunda que sientes que no puedes respirar, que el corazón se te rompe y ya no palpita más. No podía apartar la mirada de él, no podía parar de llorar.

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